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El Poder de Osvaldo No. 2: «Sumisión total»

Escrito por: Morbit

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Marta volvió a despertarse en mitad de la noche. Su cuerpo estaba bañado en sudor y el ambiente de la habitación se notaba cargado. Trató de hacer memoria pero, por mucho que se esforzó, no fue capaz de hacerse una idea aproximada de cuantas pajas se había hecho en lo que llevaba de semana. Calculó que, tan solo la noche anterior, se había corrido por lo menos cuatro veces pensando en su hermano mayor.

Todo aquello era nuevo para la joven Marta, cuya curiosidad por el sexo, hasta entonces, había sido más bien limitada. Sin embargo, la confundida adolescente llevaba varias semanas sumida en un estado de excitación permanente. Aprovechaba cualquier momento en que se quedaba a solas para masturbarse mientras todo tipo de obscenidades cruzaban por su mente. Y siempre terminaba su orgasmo con una imagen fija en su tierna cabecita.

Aquella visión la obsesionaba. No recordaba haber visto el pene desnudo de Osvaldo durante muchos años, desde que dejaron de bañarles juntos. Pero en su mente se dibujaba nítida la imagen de su hermano dándole órdenes con expresión severa mientras sujetaba firmemente su erecto mástil entre los dedos de su puño.

El recuerdo de aquella poya hizo que Marta sintiera de nuevo la necesidad de tocarse. Lentamente fue deslizando la mano bajo el pantalón de su pijama hasta llegar a su rubia mata. Encontró su pubis todavía húmedo por las abundantes corridas de sus anteriores sesiones de masturbación. Su rajita enseguida se mostró receptiva a las nuevas caricias y en pocos minutos aquella chiquilla empezó a frotarse la almeja como una auténtica experta. Oleadas de placer invadían su cuerpo mientras su mente se perdía rememorando los oscuros y aberrantes sueños que había tenido en los últimos días. En todos ellos aparecía su hermano mayor sometiéndola a todo tipo de vejaciones, a las cuales ella accedía sin oponer ninguna resistencia.

Sus dedos exploraban su cueva sin ningún pudor mientras la joven mente de la chiquilla repasaba uno por uno aquellos extraños delirios. Se recreó especialmente recordando uno de sus sueños más recientes en el que su hermano la sodomizaba furiosamente contra las frías baldosas del suelo hasta llenarle el esfínter de leche. Después se vio a sí misma limpiando con la boca la sucia herramienta de Osvaldo y le pareció conocer muy bien su sabor. Esa idea llevó su calentura más allá de su límite y la no tan inocente muchacha se decidió a explorar nuevos horizontes. Dejó de acariciar sus sensibles pechos para dirigir su atención a la entrada trasera de su cuerpo mientras los dedos de su otra mano se hundían insistentemente en su encharcada vagina.

Exploró los bordes de su ano con cuidado. Sabía por experiencias anteriores que era una de las partes más sensibles de su cuerpo. Alguna de sus amigas le había hablado en varias ocasiones de las maravillas de la masturbación anal. Pero, aunque ya lo había probado, su agujero era demasiado estrecho y eso le hacía sentir más dolor que otra cosa. Sin embargo su excitación no dejaba de crecer y había llegado al punto de hacer cualquier cosa con tal de correrse. Su dedo índice comenzó a explorar su ano y la pequeña comprobó, algo confusa, que su culito estaba mucho más dilatado de lo que creía recordar. Con solo intentarlo, consiguió alojar en su interior dos e incluso tres dedos de su pequeña y regordeta mano. Entonces sintió que debía reprimir sus gemidos, justo a tiempo para ahogar contra la almohada un poderoso orgasmo apretando los dientes con fuerza y mantuvo sus dedos clavados en ambas entradas de su cuerpo mientras una abundante corrida estallaba, atrapada entre las paredes de su ardiente volcán y los frenéticos manejos de sus dos veloces manitas. La pequeña Marta estaba de rodillas sobre su propia cama, el pantalón de su pijama permanecía a medio bajar de manera que aún cubría sus rodillas y parte de sus muslos, dejando justo el espacio suficiente para que la ardiente chiquilla pudiera hurgar libremente en sus dos orificios. Su postura encorvada daba un especial relieve a sus pezones oprimidos dentro de la sudada camisa de su pijama, mientras el intermitente roce de la superficie de la cama en sus pechos hacía que se endureciesen aún más.

Permaneció inmóvil, en aquella obscena postura hasta que el último eco de su intensa corrida abandonó sus sentidos. Durante aquellos largos segundos creyó alcanzar el éxtasis a la vez que su imaginación se perdía repasando con deleite aquellas oscuras visiones. Aquel orgasmo no se parecía a nada de lo que había sentido con anterioridad, al menos nada que ella recordara, así que la dulce chiquilla se concentró en sus recién descubiertas nuevas sensaciones tanto como pudo, abandonada a su placer, hasta caer por fin rendida sobre la húmeda colcha de su cama.

Tardó unos instantes en volver en sí misma después de aquel terremoto. Por unos momentos, creyó recuperar la consciencia y examinó por primera vez la situación. El pantalón de su pijama permanecía aún puesto, aunque la violencia de la masturbación lo había arrastrado piernas abajo hasta llegar a los tobillos en los que seguía enganchado. De su coño todavía manaba flujo sin parar y una enorme mancha se había formado en las sabanas, justo entre sus piernas. La curiosidad llevó a Marta a examinar con cuidado los restos de su cama. Pronto encontró, además del rastro de sus flujos recientes, los restos de hasta ocho corridas anteriores de parecida intensidad.

Hubo algo en aquellos restos que inquietó a Marta e hizo que se levantara de la cama para encender una luz con la que ver mejor la fuente de sus inquietudes. Pues, aunque a su tierna edad no recordaba haber visto nunca eyacular a un hombre, no tuvo ninguna duda de que aquella pasta blanquecina, viscosa y maloliente que adornaba sus sabanas cerca de su propia corrida eran restos de semen.

Y aquella dulce niña volvió a sentir el miedo.

La primera persona en quien pensó fue en su padrastro, Ramón. Aquel era el punto que más asustaba a Marta de los cambios que recientemente había sufrido su risueña personalidad. Tan solo unas semanas atrás, los roces ocasionales con su padrastro se limitaban a ligeros toquecitos, aparentemente casuales, que éste siempre trataba de disimular como podía. Ella no era del todo ajena a sus intenciones y, aunque en parte aquello la excitaba, nunca había pensado en ir más allá de estos simples juegos, lo cual procuraba dejar bien claro con su actitud de niña tonta y remilgada.

Sin embargo la actitud de su padrastro había cambiado en los últimos días. Se mostraba cada vez más atrevido y descuidaba sus coartadas y disimulos con demasiada facilidad. Esa misma semana, con la excusa de llevar el coche al mecánico, había aprovechado para acompañarla e irla a buscar al colegio en transporte público, utilizando el abarrotado tranvía que cubría el largo trayecto hasta su casa.

Su estricto padrastro había aprovechado cada uno de aquellos viajes para manosear a gusto a la joven sin ningún remilgo. En su delirio, aquel hombre, llegó a restregar su duro paquete a punto de estallar por entre las nalgas de su joven hijastra mientras sobaba con discreción los más oscuros secretos de su anatomía. Poco le faltó a aquél carroza estirado para dar un espectáculo ahí mismo, entre toda aquella gente.

Necesitó concentrar toda la cordura que aún le quedaba para detenerse y volver a adquirir una postura más natural antes de que el resto de los pasajeros se percataran del salvaje roce que aquel hombre le estaba propinando a su hijastra. Gracias a aquel destello de claridad, Ramón volvió a sus cabales y se limitó a tocarle el culo de nuevo con disimulo. De vez en cuando iba deslizando un dedo entre las piernas, más allá de su trasero, para rozar la entrada de su almejita por encima de sus blancas braguitas de niña las cuales, por supuesto, encontró ya empapadas.

Aquello preocupaba a Marta. Aunque no era la actitud de Ramón lo que realmente la incomodaba. Conforme iba repasando los hechos, constató que, en gran medida, ella los había provocado. Es cierto que a la chiquilla no le eran del todo ajenos los tocamientos casuales de su padrastro, se había excitado con ellos más de una vez, e incluso en alguna ocasión lo había rememorado durante alguna de sus esporádicas masturbaciones. Pero su mente, en el fondo inocente, nunca había pasado de ahí. Y todo había cambiado de unas semanas a esta parte. Sin llegar a entender que la llevaba a comportarse así, muy a su pesar, aquella muchacha cayó en la cuenta de que se había estado comportando como una perra en celo.

Recordó las sensuales prendas que había vestido en los momentos que había compartido con su padrastro en la última semana. Ella sabía de antemano qué días iba a venir Ramón a buscarla. Se sorprendió a sí misma eligiendo minuciosamente las faldas y vestidos más cortos e incluso llegó a ponerse unos tejanos, tan apretados, que siempre se había negado a llevarlos; puesto que le avergonzaba la forma en que marcaban los relieves de su vulva, potenciados por la forma del pantalón. Sin embargo no le importó acudir al colegio con aquellas y otras incitantes prendas siempre que era su padrastro quien la acompañaba, exponiendo, siempre que tenía oportunidad, sus curvas y su breve escote a las miradas de aquel cuarentón reprimido.

Marta se dio cuenta de que lo había hecho conscientemente, como si no pudiera evitarlo. Y aquello era lo que realmente la asustaba. Hizo un esfuerzo de memoria y recordó cómo había sido ella misma quien inició el acercamiento pocos días antes, buscando los roces y respondiendo a las caricias con pícaras miradas de niña traviesa.

También había sido ella la que, en el curso de alguno de aquellos breves roces ocasionales, estiró la mano para lanzarse a manosear el paquete a su padrastro sin ningún resquicio de disimulo. Necesitaba saber si la tenía dura y, efectivamente, comprobó que la herramienta de su padrastro, atrapada dentro de su pantalón, mostraba la dureza propia de una roca.

Pocos días después su padrastro se presentó en el colegio sin llevar el coche con el que acostumbraba a acompañarla y, aunque las reparaciones en el taller de costumbre nunca habían tardado más de 24 horas, estuvo los tres días siguientes acompañándola en tranvía, siendo cada uno de esos trayectos más tórrido que el anterior.

Lo que de verdad le preocupaba de su propia actitud era la sensación de no poder dominarse a sí misma. Se sentía atrapada por sus propias acciones mientras todo se desarrollaba al margen de su voluntad. Y lo peor de todo es que eso le hacía sentir una enorme excitación. Sentía vergüenza y desprecio hacia sí misma al recordar su comportamiento, pero era incapaz de dominarse. Al final cayó en la cuenta de que había sido ella solita la que, nada más subirse al tranvía, apretó conscientemente sus tersas nalgas contra el desprevenido paquete de su acompañante, buscando sus caricias e iniciando lentamente un enloquecedor vaivén contra la verga del adulto que años atrás pretendió hacerse llamar “papá”.

No conseguía entender el porqué de su comportamiento. ¿Qué le estaba pasando? Intentó recordar el primero de aquellos deslices que había estado cometiendo con él. Fue unas semanas atrás, tan solo llevaba una camiseta larga y unas braguitas de algodón. Bajó a la cocina y ahí se encontró con su padrastro. Recordó también que no muy lejos andaba su hermano, Osvaldo. Entonces notó como, de pronto, una de las manos de aquel hombre de familia rozaba sus nalgas por accidente e instintivamente su mirada busco la de su hermano mayor.

Vio a Osvaldo con los ojos fijos en ella y le pareció comprender una orden en su mirada. Entonces supo lo que tenía que hacer y movió su cuerpo hacia atrás buscando de nuevo el roce contra sus nalgas, mientras alargaba su propia mano sin ningún disimulo para comprobar el grado de excitación en que estaba el paquete de aquel desconcertado adulto. Toda la operación se produjo ante la atenta mirada de Osvaldo, lo cual inquietó enormemente a Ramón, todavía aturdido por la magnitud que habían tomado los acontecimientos. Éste aún tardo varios días en atreverse a volver a acercarse a su querida hijastra.

La inexperta Marta, recordó como tan solo con ver a su idolatrado hermano, había sabido en una fracción de segundo todo lo que debía hacer para contentarle. Entonces supo que, desde un principio, en el fondo de su alma conocía todas las respuestas que estaba buscando. Él único motivo que la había impulsado a cometer todas aquellas acciones impuras era porque sabía que, tanto si podía verla como sí no, aquello agradaba a su amo, por eso ahora quería corromper a su viejo padrastro, por eso debía mantenerse cachonda y tocarse continuamente. Su amo la prefería así. Y al constatar éste dato sus indagaciones cesaron en seco y su miedo desapareció.

Estaba volviendo a excitarse y su mente fue de nuevo invadida por el recuerdo de aquella venerada poya con la que su amo había decidido perturbar sus sueños. Imágenes de las aberrantes escenas que habían vivido durante las últimas semanas fueron de pronto visibles en su memoria. Aquello la excitó tanto que creyó que su coño iba a estallar. Sintió que debía correrse, tener un orgasmo de verdad. Y entonces supo que sus manos no serían suficientes para lograrlo. Sintió que debía obedecer.

Un fuerte impulso la condujo a salir de su habitación y recorrer el tramo de pasillo que la separaba de la habitación de su hermano. Ejecutó con sumo cuidado esta operación, poniendo tal sigilo en cada uno de sus pasos que habría sido imposible oírlos aún teniendo la cabeza pegada al suelo. Sin embargo el estado de ansiedad en que actuaba la pequeña Marta hizo que se olvidara de colocar de nuevo su pantalón de pijama.

El frio en sus desnudas piernas hizo que se percatara a medio camino de su parcial desnudez, pero tan irrefrenable era el ansia que sentía por ver a su amo que sencillamente redobló sus esfuerzos por ser sigilosa pero, en ningún momento, se planteó el volverse atrás. Aquella madrugada, la joven Marta se encontró deambulando por la casa familiar con su dulce culito y su matita de pelo expuestos a la luz ante cualquier mirada inoportuna.

Osvaldo tenía el sueño ligero y el leve chirrido de la puerta de su habitación al abrirse fue suficiente para ponerle en guardia. Enseguida distinguió a su hermana a través de la luz que se filtraba por la rendija de la puerta entreabierta, proveniente del pasillo. Al cerrarse la puerta tuvo también tiempo de fijarse en sus finas nalgas expuestas a la luz cuya pálida piel se erizaba por la fría corriente de aire que se colaba a través de la puerta. Antes de que ésta se cerrara, Osvaldo pudo entrever la pequeña montañita de su hermana asomando entre las sombras, adornada por una pequeña mata de vellos rubios.

Aquella visión fue suficiente para poner su poya al rojo vivo. Pero la dejadez de su hermana preocupó a Osvaldo y decidió que debía castigarla. Esperó a que su hermana avanzara los pasos justos para colocarse al alcance de su mano y palpó sin reparo su intimidad desnuda. Después pasó las manos a su trasero, estrujando con fuerza los firmes glúteos de su hermana, mientras la interrogaba con tono firme.

“-¿Por qué no llevas los pantalones?”

“-Lo siento, amo. Sentí una necesidad tan fuerte de verte que creo que me he olvidado por completo de mi persona”

El joven estudiante se tomó unos minutos para analizar la respuesta. Su primer experimento estaba resultando mucho más exitoso de lo que había imaginado. Al estudiar aquel libro creyó llegar a poder manipular los actos de algunas personas a través de la sugestión, pero los cambios tan profundos que estaban teniendo lugar en la personalidad de su hermana iban más allá de sus mejores expectativas. Necesitaba perfeccionarlo, comprendió que podía llegar a modificar su carácter a voluntad, tan solo necesitaba saber más, investigar. Y se dio cuenta de que el castigo sobre su hermana era inevitable.

“-¡Esa no es excusa! Tienes que obedecerme, pero sabes que la seguridad es algo que NUNCA debes descuidar. Ésta vez serás castigada.”

Aquello produjo una gran inquietud en la sumisa víctima que apenas se atrevió a preguntar cuál sería su castigo. Estaba inmóvil, absorta en medio de la oscuridad que se cernía sobre la maloliente habitación de su hermano, mientras sentía aquellos rudos dedos explorando su cuerpo con un descaro casi animal.

“-Éstas próximas semanas considérate bajo castigo. Puedes sentir placer pero te está totalmente prohibido alcanzar el orgasmo hasta que cumplas una por una todas las humillantes tareas que tú amo te imponga. Ahora ponte contra el respaldo y ofréceme el culo, puta, voy a follarte.”

Cuando la indefensa esclava escuchó aquellas palabras dos pesadas lágrimas de amargura cruzaron sus mejillas. La idea de no poder correrse en días irrumpió en su ánimo como una pesada losa y se sintió invadida por la desesperanza. Pero la necesidad de obedecer era mucho más fuerte así que aquella dulce criatura, aún apenada por el castigo, subió sus rodillas sobre la cama, se colocó de espaldas a su amo y, flexionando su cuerpo contra la pared de forma que la trayectoria de su trasero fuera perfecta, se preparo para que su hermano violara su antes estrecho culito. Sin necesidad de volver la vista, Marta era consciente de todos los movimientos que su amante realizaba en la oscuridad y aprovechó los escasos segundos que tardó éste en colocarse detrás suyo para facilitarle el camino separandose lo mas que pudo ambas nalgas con sus propias manos.

“-Ahora, mientras te doy por el culo, quiero que te centres en la que será la primera de tus tareas. Vas a tener que conseguir que el cerdo de Ramón se corra en los pantalones. Pero tu misión no estará cumplida hasta que te asegures que realmente se ha corrido. Quiero que pruebes su semen. Para facilitar tu tarea a partir de ahora, también te estará prohibido usar bragas, aunque seguirás eligiendo la misma ropa sexy con la que le vuelves loco. Sí cumples bien tu cometido, te estará permitido tener un único orgasmo, aunque solo si es Ramón quien te lo provoca.”

Y al terminar sus instrucciones tiró con fuerza de la larga cabellera de su hermana y le clavó de un solo empujón la poya, directa hasta el fondo del culo. Su tierna hermana tuvo que hacer un enorme esfuerzo para contener un grito de dolor al sentir la intrusión. Pero ni un solo sonido escapó de su garganta. Ahora conocía el valor de la responsabilidad. Su obediencia era sagrada, y la discreción era una parte fundamental de ella. Se concentró en aquel trozo de carne dura que penetraba implacable en su tierno culito. Sabía que no iba a poder correrse y aquella idea la entristecía pero, de todas maneras, pronto el placer se adueñó de su cuerpo haciéndola disfrutar de varios momentos cercanos al orgasmo.

Tanto estaba disfrutando la niñata que no se dio cuenta de que a través de su boca entreabierta escapaba un hilillo de baba que estaba formando un reguero hasta sus pechos. Mientras aquel incesante placer la invadía, interrumpido por las punzadas de dolor que le propinaba su hermano con sus continuos pellizcos y tirones de pelo. Trató de memorizar las últimas palabras de su amo y concienciarse de cual iba a ser su nueva tarea. Al fin notó como las embestidas de su hermano se aceleraban y se preparó para recibir el fruto de su corrida mientras sentía el placer más cercano al orgasmo que le estaba permitido. Y se mantuvo de nuevo inmóvil en esa postura hasta que su hermano, después de soltar toda la viscosa carga en su hermana, deslizó su miembro fuera del dolorido culo de la chiquilla y se dejó caer sobre el lecho.

“-Ya sabes lo que tienes que hacer, esclava.”

Y Osvaldo cerró los ojos y se concentró en sentir el delicioso tacto de los labios de su hermanita, mientras la inexperta lengua se afanaba en limpiar toda la suciedad de su nabo. Marta realizó su tarea con esmero, deleitándose a cada instante en aquel preciado sabor que tan bien conocía. El olor de aquella poya sucia y a media erección volvió a excitarla de nuevo y con la mano que tenía libre acarició suavemente su tierna rajita, mientras engullía aquel miembro hasta la raíz. Cuando hubo limpiado por completo la herramienta de su hermano, entró en una especie de trance. Volvió en silencio a su habitación y, mientras caía en un sueño profundo, fue olvidando uno por uno todos los actos que había ejecutado esa noche.

Osvaldo sonrió satisfecho, oculto en la oscuridad de su habitación y acariciando de nuevo su poya se dispuso a dormir satisfecho con su nuevo descubrimiento.