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El Poder de Osvaldo No. 3: «Extendiendo la Corrupción»

Escrito por: Morbit

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Don Ramón durante toda su vida se había considerado una persona recta. Sus costumbres eran sencillas y su moral firme. Su disciplina, inquebrantable. O al menos eso era lo que siempre había pensado. Pero, al margen de su negocio, que siempre funcionó como un reloj, lo cierto es que la vida nunca le fue como él habría querido.

Su primer matrimonio había sido un terrible fracaso del que no se recuperó hasta conocer a Teresa, su segunda mujer. De la cual estaba ciegamente enamorado. A Ramón siempre le habían gustado las mujeres elegantes y creyó descubrir en ella la auténtica clase. Pero ella era fría como el hielo y siempre se mantuvo distante, incluso después de la boda.

Ramón vivía mortificado por la idea de que su mujer no estaba enamorada de él. Sospechaba que solo había accedido a casarse debido al despecho que sentía por su anterior ruptura. O quizás tan solo buscaba el amparo y la comodidad de su sólida posición. El hecho es que nunca había logrado vislumbrar ni el más mínimo brillo de pasión en los ojos de su bella esposa. Y los escuetos y poco convincentes polvos que mantenían esporádicamente no hacían más que aumentar su amargura.

 La actitud de sus hijastros tampoco contribuía mucho a mejorar su situación. Al principio había tratado de comportarse con ellos como si fueran sus propios hijos. Quiso ser un padre modelo y, probablemente, ese fue su error. Pues, al tratar de suplantar tan rápidamente a su padre, lo único que consiguió fue que los chicos le culparan a él de su situación.

 La peor de todos ellos era la mayor, Laura. Desde el principio replicaba a sus órdenes  con frases del estilo de -“¡Tú no eres mi padre!” o -“No eres nadie para castigarme.”. Y en sus momentos de cólera le había llegado a llamar “cerdo reprimido”, “viejo asqueroso” y “picha-corta”. Osvaldo era algo más reservado, pero también le había dejado muy claro en alguna ocasión cuanto le detestaba.

Con la única que Ramón siempre había mantenido una buena relación era con Marta, la pequeña de la familia. Quizás porque la conoció en su más tierna infancia y había podido influir más directamente en su educación. Entre otras cosas, consiguió evitar que estudiara en el mismo colegio elitista del centro como sus hermanos mayores. En lugar de eso la envió a un estricto colegio de monjas de los de toda la vida. Realmente su relación con aquella chiquilla era lo que más le llenaba de su vida actual. Pero últimamente aquella relación estaba dando un giro que le preocupaba por encima de cualquier otra cosa que pudiera pasarle.

En su cabeza aún conservaba clara la escena de aquella misma tarde, al traer a la pequeña de la escuela. En lugar de sentarse en el asiento del acompañante, a su lado, como acostumbraba a hacer, le había dicho a Ramón que estaba cansada y prefería ir atrás. Sin embargo le extrañó comprobar a través del retrovisor que su pequeña princesita se mantenía sentada justo en el centro del asiento en lugar de tumbarse como había dicho que haría.

Recordó haber arrancado el motor sin darle más importancia y cómo, tras circular unos minutos, una imagen llamó su atención helando la sangre en el interior de sus venas. Fue algo que vio a través del espejo retrovisor. Su hijastra, Marta, había colocado uno de sus pies descalzos sobre el asiento trasero y abrazaba su rodilla desnuda mientras su mirada se perdía despistada a través de la ventanilla del coche. Su otra pierna oscilaba a uno y otro lado levantando aún más su falda hasta descubrir sus muslos y parte de la entrepierna.

Pero no fue la poco delicada postura de la chiquilla lo que sobresaltó a su padrastro sino la hermosa mata de pelo rubio que apareció claramente en el retrovisor expuesta a sus miradas. Y el saber que su joven hijastra no llevaba bragas debajo de aquella faldita escolar hizo que su poya despertara de pronto.

Ramón intentaba inútilmente mantener la mirada fija en la carretera cuando, aquella impúdica niña, colocó su otro pié en el asiento levantando a su vez la rodilla y separó las piernas, mostrando su dulce coñito abierto a través del retrovisor. De repente los vivos ojos de la chiquilla escrutaron descaradamente el espejo en busca de la mirada de su padrastro, la cual halló aún atrapada entre los pliegues de su vulva.

Entonces sus vistas se cruzaron tan solo un instante y Ramón descubrió una pícara y nada inocente expresión en el rostro de la pequeña. La cual, acto seguido, bajó sus pies del asiento, colocó con remilgo su falda y se puso de nuevo a mirar por la ventanilla con actitud distraída. Cualquiera que la viera en ese momento la habría creído incapaz de cualquier acto impuro.

No parecía la misma que segundos atrás lanzaba una incitante mirada a su padrastro mientras exhibía generosamente su coño juvenil. Pero Ramón lo recordaba muy bien y eso mantuvo su poya dura hasta que llegaron a su destino.

Aunque su mujer dormía plácidamente a su lado, a Ramón le era imposible conciliar el sueño. Además de la lógica preocupación que le producían los cambios en la personalidad de su hijastra. Lo que realmente le horrorizaba era comprobar la incontestable excitación que aquellas aberrantes situaciones le habían producido. No solo se había excitado, sino que en más de una ocasión había llegado a participar activamente en aquella locura. Aquel no era un hecho aislado y su mente no dejaba de dar vueltas sobre ello. Si llegara a saberse todo, su reputación estaría acabada.

Una cosa eran las cariñosas caricias que ocasionalmente le regalaba a su hijastra, las cuales, aunque en algún momento habían ido más allá de lo debido, siempre se mantuvieron en el límite de lo racional. Pero el rumbo que estaban tomando los acontecimientos iba más allá de toda cordura. Recordó los recientes viajes en tranvía, cuando a punto estuvo de correrse frotándose contra el trasero de su nenita y se dio cuenta de que tenía la poya como una roca. Necesitaba desahogarse urgentemente y volvió la mirada en busca de su mujer.

Su atractiva mujer seguía a su lado, durmiendo en una postura estática. Parte de su cuerpo estaba destapado y podían apreciarse sus elegantes curvas cubiertas por un fino camisón de seda negra. Algunas noches su idolatrada esposa utilizaba una venda para cubrirse los ojos la cual, con la ayuda de un somnífero, le permitía dormir mientras su marido se quedaba leyendo hasta altas horas de la noche con la luz de la mesita encendida. Y Ramón se dio cuenta de lo mucho que necesitaba follarse a su mujer.

Querría poder hacerlo ahí mismo, sin importarle los chicos. Le gustaría hacérselo salvajemente, sin sacarle la venda de los ojos, oírla gritar. Pero sabía que, si la despertaba o intentaba algo, lo más seguro es que terminasen enzarzándose en una pelea y quizás él acabara durmiendo en el sofá. En lugar de eso se limitó a acariciar con cuidado los duros glúteos de su mujer por encima del camisón. Lo hizo con cuidado para no despertarla, mientras levantaba las sabanas para deleitarse con su figura. Pero sabía que no podía pasar de ahí. Y su poya cada vez estaba más dura.

Pronto invadieron su mente pensamientos más oscuros. Pensó en salir en busca de su hijastra y se estremeció al darse cuenta de que no sería la primera vez que lo hacía. Recordó avergonzado cómo, en alguna ocasión, había llegado a correrse en las sabanas de aquella pequeña ninfa a escasos centímetros de su cuerpecito. Exploraba sus encantos rozando suavemente sus curvas con la palma de su mano, procurando no despertarla, igual que hacía con su mujer.

Se despreciaba por ello, pero se estaba volviendo un adicto al morbo que le producía esa situación. Como le venía sucediendo cada vez con más frecuencia, al final su instinto se impuso a su razón. Se levantó de la cama poniendo el máximo cuidado en no alertar a su esposa. Y se dirigió en silencio hacía aquella habitación prohibida, vencido al fin por su calentura.

Desde que Marta tenía prohibido correrse, sus ya muy frecuentes masturbaciones habían dado paso a unas largas y sostenidas sesiones de frotamiento constante que tan solo interrumpía para realizar sus tareas más imprescindibles. El castigo impuesto por su hermano pocos días atrás había permitido a la ardiente niñita descubrir nuevos horizontes de placer. Aquella misma tarde, tras una intensiva gestión de su clítoris, había conseguido prolongar durante casi una hora una sensación de inmenso placer que distaba poco del tan ansiado orgasmo.

Pero la necesidad de alcanzar el clímax empezaba a volverse enfermiza. Y lo único que la pobre chica lograba con sus tocamientos era sentirse cada vez más caliente.

Se dio cuenta enseguida de que alguien la estaba espiando. Por muy concentrada que estuviera en sus propios manejos, no pudo pasar por alto la alargada sombra que el intruso proyectaba en la pared delatando su posición, oculto tras la rendija de la puerta. Fue consciente de que sus travesuras estaban dando resultado, tal y como su amo quería. Y no tuvo ninguna duda sobre quién se escondía tras aquella puerta.

Los alegres pijamas con los que la pequeña Marta acostumbraba a dormir habían sido sustituidos por una camiseta ancha, sin mangas, más cómoda y fácil de quitar. Además no llevaba braguitas, pues sabía que esa prenda le estaba prohibida. En realidad para ella era un atuendo perfecto, pues lo único que hacía desde el mismo momento en que se encerraba en su habitación era meterse los dedos hasta quedar agotada.

El hecho de sentirse observada hizo que la pequeña se sintiera algo más excitada y decidió que debía darle al intruso un buen espectáculo. Así que volvió su cuerpo hacia la puerta y se colocó de espaldas a ella, situando sus encantos al alcance de la poca luz que entraba por ella. Una vez se hubo asegurado que tanto su culo como su coño quedaban expuestos a la atenta mirada de aquella sombra expectante, empezó a masturbarse ostentosamente moviendo sus caderas de forma impúdica.

Marta se sentía invadida por el morbo. Sabía que aquel sentimiento no se debía a las sugestiones de su hermano. Conocía muy bien sus órdenes y tener aquellos morbosos pensamientos no estaba aún entre ellas. Así que su joven cabecita enseguida comprendió que aquel placer añadido provenía de su propia mente. Se trataba de todos los oscuros pensamientos que siempre había reprimido en lo más profundo de su ser. Ahora trataban de aflorar, conscientes de cuál era la verdadera naturaleza de la “nueva” Marta. Y por primera vez se sintió liberada, entregada por completo a su dulce esclavitud.

La abundante luz que ahora iluminaba todo su cuerpo hizo saber a la pequeña exhibicionista que se encontraba totalmente expuesta ante el mirón. De un tirón se arrancó la camiseta y empezó a tocarse los pequeños pechos con descaro, mientras retorcía sus hinchados pezones. Después decidió darle más emoción al espectáculo deslizando un dedo en su culo y siguió dándose placer en las más obscenas posturas que su nutrida imaginación pudo crear.

Tras un largo rato en que tan solo podía escucharse el chapoteo de aquellos dedos infantiles al hundirse en sus inflamados orificios, se oyó un quejido ahogado proveniente del marco de la puerta. Y Marta pudo ver por el rabillo del ojo como su padrastro se agarraba la poya con fuerza a través del pantalón del pijama, en el que se distinguía una enorme mancha fruto de la reciente corrida del excitado espectador.

La pequeña esclava deseó poder saborear aquel semen y librarse así de su maldición. Pero sabía que el momento aún no había llegado, debía esperar. Así que quiso dar un nuevo giro al grotesco espectáculo que estaba dando y se volvió hacia la luz, mostrando su cuerpo de frente, mientras abría las piernas con descaro mirando a su estupefacto padrastro directamente a los ojos.

Éste permanecía inmóvil, superado por la situación mientras la chiquilla acariciaba sensualmente sus pechos para después llevarse ambas manos al chocho y separarse los labios, ofreciendo sus más secretos encantos ante la absorta mirada de su objetivo. Finalmente, tras hundir un dedo en su húmeda gruta, se lo llevó a la boca y se deleitó saboreando su propia excitación sin desviar la mirada ni un solo instante de la de su aterrado padrastro.

Ramón seguía sin moverse, como una estatua de piedra. La mente de aquel adulto, una vez liberada de su excitación, volvía a encontrarse presa del pánico y la confusión. Y todavía más al saberse descubierto. Así que, tan pronto como recuperó el dominio de su propio cuerpo, decidió alejarse de ahí lo antes que pudo. Necesitaba tiempo para pensar fríamente. Pero, antes de poder salir de la habitación, una nueva imagen perturbó su consciencia cuando aquella dulce niñita, con una pícara y nada inocente mirada le dijo:

-“Buenas noches, papá”

A la mañana siguiente Ramón fue el primero en levantarse. Seguía inquieto por los oscuros pensamientos que le habían estado persiguiendo durante toda la madrugada. Y aún tenía que llevar a la niña al colegio, lo cual le aterraba. No hacerlo, sin embargo, habría sido una temeridad. Él debía ir en aquella peligrosa dirección. Su esposa, por el contrario,  iría a su oficina del centro acompañando, de camino, a sus otros dos hijos tal y como acostumbraba a hacer. Era consciente de que no tenía ningún motivo razonable para negarse a acompañar a su hijastra. Y lo último que quería era levantar alguna suspicacia.

Se sintió más relajado al ver transcurrir la mañana como la de cualquier día normal. Su esposa estaba atareada arreglándose a toda prisa, tan estresada como de costumbre. Mientras tanto las dos niñas peleaban por ver quien se comía la última madalena. Ganó Laura, como de costumbre. En el extremo de la mesa estaba Osvaldo, cada vez más retraído. Parecía absorbido por sus propios pensamientos. Al fin Ramón reunió el valor suficiente para mirar directamente a su pequeña hijastra y no vio nada en ella que se saliera de lo normal. Parecía la niña buena y obediente que siempre había sido.

Aunque enseguida empezó a preguntarse si estaría desnuda debajo de aquella faldita tan corta. Al quedarse a solas con la pequeña, Ramón procuró comportarse de la forma más normal que pudo. Ayudó a la chiquilla a recoger sus cosas y se dispuso a acompañarla al colegio. Pero su tranquilidad se quebró de pronto cuando su princesita le preguntó con una encantadora voz inocente y algo traviesa:

-“Papi, porfa, ¿podemos ir en tranvía?”